La Bodega Común

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Category: Artículos diario La Nación

Homenaje a Julio H. G. Olivera

Homenaje a Julio H. G. Olivera,

fallecido el 22 de julio de 2016 y

publicado en la sección Avisos fúnebres

del Diario La Nación del 30 de Julio de 2016:

 

“OLIVERA, Julio H. G., q.e.p.d.

  • Mi recuerdo de siempre al

ilustre y gran rector

de la UBA, defensor de la ciencia y

ejemplo notable de la cultura.

Ing. Horacio C. Reggini.”

Wi-Fi a la Marconi

Por Horacio C. Reggini

Para La Nación

Miércoles 09 de junio de 2010 | Publicado en edición impresa

Desde hace medio siglo, las tecnologías de la comunicación han adquirido un impulso notable. Pero la ansiedad por comunicarse ha estado presente siempre y todos los pueblos, desde la Antigüedad, han buscado dar a conocer su pensamiento recurriendo a señales: ópticas, acústicas e incluso animales (la conocida agencia Reuters comenzó su importante trayectoria con el empleo de palomas mensajeras).El Museo Etnográfico del barrio porteño de Montserrat alberga dos “tambores de hendidura”. Este tipo de tambor horizontal se construía ahuecando el tronco de un árbol. Varias tribus indígenas recurrieron al retumbo de los tambores de hendidura para poder comunicarse a través de la selva. 

Herodoto y Polibio nos hablan de mensajes producidos por grandes hogueras encendidas entre montañas. En la Ilíada , de Homero, se cuenta que Agamenón montó un sistema entre Troya y Argos basado en señales de humo. Este medio también fue utilizado en América del Norte y en la Patagonia.

A comienzos del siglo XIX, soldados, arrieros y carreteros de la pampa utilizaban señales visuales para conectarse. Durante el cruce de los Andes, Gregorio Las Heras disponía de un código de banderas para estar en contacto con el general José de San Martín.

Durante la Revolución Francesa se utilizó, con éxito, un mástil con un brazo transversal acoplado en su tope junto a otros dos pequeños para configurar diversos códigos.

En el siglo XIX, las múltiples aplicaciones de la electricidad cambiaron todo. El telégrafo de Morse derribó las barreras de espacio y tiempo, dando comienzo a una nueva era. El pensamiento humano, viajando en aras de la electricidad, ha desembocado en los ubicuos sistemas de comunicación que, combinando texto, audio, imagen y video, se están mimetizando cada vez más con el entorno cotidiano.

Muchos percibimos la importancia y el papel transformador de la comunicación en la sociedad, pero también sentimos inquietud por las modalidades de su aplicación. Esa dicotomía -entusiasmo inmenso mezclado con preocupación por la frecuencia de criterios confusos de implementación- plantea una necesaria meditación acerca de la repercusión de las comunicaciones.

Cuando se recurría a los tambores para poder transmitir mensajes, se oía, pero no se veía, y donde se utilizaban las señales de humo se veía, pero no se oía. Ahora, en el asfalto de la era de supermedios en que vivimos -con múltiples canales de televisión y redes sociales en Internet-, se oye y se ve, pero, lamentablemente, se reflexiona poco.

La idea de un progreso sin reflexión es, cuando menos, peligrosa. “Nos damos mucha prisa para construir un telégrafo entre Maine y Texas, pero Maine y Texas tal vez no tienen nada importante que decirse”, expresaba Henry David Thoreau en 1846. Su posición fue demasiado extrema, pero con su pregunta hacía hincapié en el efecto psicológico y social del telégrafo y, en particular, en la posibilidad de transformar el carácter local y personal de la información en global e impersonal. El telégrafo posibilitó un mundo de información descontextualizada, donde las diferencias entre Maine y Texas se volvieron cada vez más irrelevantes. Y también llevó a un segundo plano la historia, amplificando el instantáneo y simultáneo presente.

Para Domingo F. Sarmiento, los hilos del alambrado eran, en cierta forma, equivalentes a los hilos del telégrafo, ya que establecían una diferencia entre “los que están afuera” y “los que están adentro”. La brecha, decía, era legal -la propiedad-, cultural -los conocimientos- y también tecnológica -la comunicación-. Gracias a ambos “hilos” se alcanzaría una civilización justa y se derrotaría a la ignorancia y la barbarie.

El telégrafo de Morse fue el precursor de la actual red de comunicaciones. Con la extensión de la malla telegráfica por medio de cables submarinos que conectaban a todos los continentes, cualquier habitante del planeta que contara con un telégrafo podía comunicarse con una porción del globo donde hubiera otro unido al primero por un hilo eléctrico. Pero adonde no llegaba el hilo, tampoco llegaba la palabra.

Esto se modificó al principio del siglo XX, cuando comenzaron a desarrollarse los sistemas de comunicación por radio. Guillermo Marconi fue el gran impulsor de la idea de utilizar las ondas electromagnéticas para transmitir mensajes, y convirtió sus experiencias de radiotelegrafía sin hilos en un negocio de alcance mundial. En 1890, fundó la compañía que proveyó por primera vez de sistemas de comunicación para los barcos en alta mar.

Cuando los 706 sobrevivientes del Titanic arribaron a Nueva York después del naufragio, en abril de 1912, Marconi se encontraba en el muelle y fue saludado por ellos con la frase Ti dobbiamo la vita (“Te debemos la vida”), ya que gracias al servicio de radiotelegrafía que él había desarrollado recibieron ayuda.

El hundimiento del Titanic constituye uno de los más espectaculares y emblemáticos desastres tecnológicos de la historia. Cuando el transatlántico chocó, junto con sus toneladas de hierro y de lujo, se fueron al fondo del mar la arrogancia y la desmesura de la época. Pero en materia de telecomunicaciones, el Titanic representó un triunfo: los pulsos de Morse no necesitaron hilos para enviar el pedido de ayuda. La transmisión se hizo por el éter, a la manera de la moderna telefonía celular móvil.

En 1898, Tebaldo J. Ricaldoni, físico e ingeniero italiano, construyó una estación radioeléctrica para la Marina Argentina en Dársena Norte, y en 1900 llevó a cabo diversas comunicaciones, mediante radio, entre barcos.

Los trabajos de Ricaldoni contribuyeron a la fama popular de Marconi. Se cuenta que en el teatro Maipo de la época, un cómico decía que en un restaurante vecino se podían comer exquisitas “chauchas a la Marconi”, refiriéndose a las chauchas allí preparadas “sin hilos”.

De allí se me ocurre decir que al servicio actual de Internet inalámbrico conocido como Wi-Fi (sigla inventada como una marca) podríamos denominarlo Internet a la Marconi.

Según la mitología griega, el éter era una divinidad alegórica que personificaba la región superior del aire y las profundidades del cielo. Para otros representó “el alma del mundo”. Los físicos del siglo XIX lo consideraban una sustancia material invisible que existía en todos los espacios aparentemente vacíos. El horror a la nada era razón suficiente para imaginar un éter que llenara todo el espacio, más allá de cualquier objeción.

Cada vez son más numerosas las aplicaciones de las telecomunicaciones inalámbricas. Podríamos aventurar una coincidencia metafórica con los pensadores del pasado expresando que hoy el éter es el “alma del mundo”.

En el escenario actual, el papel de las comunicaciones por el éter influye en casi todo: trabajo, educación, cultura, finanzas, política, salud, entretenimientos. Tal es el predominio creciente de los teléfonos sin hilos que sobrepasan a los fijos, alimentados por “hilos”.

Es interesante notar lo que el diccionario de la Real Academia Española dice del nomadismo: “estado social de las épocas primitivas o de los pueblos poco civilizados, consistente en cambiar de lugar con frecuencia”. Y para “nómade” expresa: “aplícase a la familia o pueblo que anda vagando sin domicilio fijo”. Parecería asignarle al término una cierta cualidad inferior. La realidad del momento nos muestra a muchos nómades modernos desplazándose alrededor del mundo, siempre en comunicación con sus hogares, oficinas, universidades o amigos, gracias a reducidas computadoras o teléfonos.

El concepto de nómade, que se asociaba con las comunidades incivilizadas, hoy acompaña la evolución de la ciencia y la técnica. Es como si ahora el sedentarismo se estuviera quedando en el tiempo.

© LA NACION

El autor es ingeniero, pionero en la difusión y el desarrollo de la computación en la Argentina.

 

Libertad digital

Comentario de Antonio M. Battro en el diario La Nación del 10 de abril de 2005 sobre el libro “EL FUTURO NO ES MAS LO QUE ERA”, por Horacio C. Reggini, publicado por Educa

El futuro no es más lo que era. La tecnología y la gente en los tiempos de Internet es una compilación de artículos y conferencias del ingeniero Horacio C. Reggini, publicados, en su mayoría, en la última década. En ellos se pueden leer, como en una obra musical, tema y variaciones. El tema central es la humanización de la ciencia y de la tecnología; las variaciones se agrupan en ocho grandes capítulos: “Saber, técnica y cibercultura”, “El pensar y el hacer”, “Omnipresencia de las telecomunicaciones”, “El discurso de las computadoras”, “Medios, multimedios y fines”, “La educación actual”, “Ingeniería e ingenieros” y “Miradas retrospectivas”.

El volumen, vibrante alegato contra los fundamentalismos, presenta la visión esperanzada de un investigador relevante en el campo de la informática y de las comunicaciones, de la educación y de la historia de la tecnología. Gracias a la visión y al trabajo de Reggini, muchas escuelas de América lograron ingresar en la era digital. A él se debe, por ejemplo, la introducción del lenguaje Logo de computación en la década del ochenta en nuestro país.

Su indiscutible autoridad le permite pronunciarse contra toda forma de “fundamentalismo digital”, de tecnocentrismo y de consumismo digital. En este sentido, el capítulo dedicado a las “tecnomiopías de moda” es una verdadera joya. Por eso, el libro aporta un hálito de libertad y de humanismo que se antepone al determinismo tecnológico, al consumo desenfrenado e irresponsable de la información, a la comercialización de tantas iniciativas universitarias, a la peligrosa separación de las ciencias y de las humanidades, origen de un empobrecimiento cultural preocupante.

Reggini propone una visión humanística y generosa, unitiva y globalizadora, de la complejidad que nos constituye como seres conscientes en un mundo a la vez inagotable y carenciado. En él fluye una propuesta constructiva y esperanzada para un futuro respetuoso de las diferencias y de la libertad de cada persona. En particular, en un futuro digital que construiremos entre todos, ya que “no será lo que la red de Internet hará para nosotros sino lo que nosotros haremos en ella”.

Antonio M. Battro
© LA NACION


 

La educación superior, en la encrucijada

Por Horacio C. Reggini

Para La Nación

Viernes 28 de noviembre de 2003 | Publicado en edición impresa


Un fuerte entramado de política, economía y sociedad caracteriza a la educación superior. Pretender ignorar ese entrecruzamiento divagando en la soledad y la clausura de una universidad abstracta equivaldría a perderse en laberintos infinitos y no menos letales que la inmensa tabula rasa del desierto.

Venimos insistiendo desde hace tiempo en la necesaria interacción entre individuo y sociedad, a la que debe servir de manera ejemplar la etapa universitaria. No existe profesión que pueda prosperar en un aislamiento de torre de marfil, ya sea el laboratorio de investigación del científico o la biblioteca silenciosa del intelectual.

La acción en el mundo es un imperativo insoslayable, de modo que el primer objetivo de la educación superior debe ser pertrechar a mujeres y hombres concretos para su desempeño en la realidad.

Inferimos, entonces, que la universidad tiene, verdaderamente, una misión. Con planteles docentes de excelencia, debe facultar a los estudiantes para que, el día de mañana, ellos, a su vez, asuman la tarea de preservar y aumentar el acervo de la comunidad, dentro de una dinámica de responsabilidades concatenadas.

También hemos señalado cómo ese ideal deja en evidencia la falacia del racionalismo cuando, llevado al extremo, discierne entre “dos soles” excluyentes: el de las ciencias duras y el de las llamadas humanidades.

Tal línea divisoria implica la fragmentación del ser humano, y lo empobrece, atentando contra su esencial complejidad. La enseñanza superior debe apuntar a una amalgama de saberes que permita la maduración de nuestra privilegiada naturaleza polimorfa y haga posible, así, que el profesional perciba las necesidades y los valores del medio en el que actúa.

En pos del bien social que representa la educación, el futuro egresado universitario necesita manejarse fluidamente en las tradiciones y en el espíritu de su comunidad. Es decir, necesita cultivar su pertenencia profunda a una circunstancia histórico-social, de modo que para él capacitarse signifique preservar el solar que lo ha alumbrado. A la vez, esto sólo será posible, como no hemos dejado de advertir en todo momento, si se desechan de manera decidida las tentaciones del nacionalismo fundamentalista y si se procura la inserción en la universalidad del mundo, por lejanas que parezcan a veces algunas de sus regiones.

Nada peor en un proyecto educacional que el provincialismo derivado del aislamiento xenófobo o, dicho con palabras más suaves, que el provincialismo de la pobreza chauvinista.

El bien social, en crisis

La noción del conocimiento como bien social -que fue predominante en la reunión de la Unesco de 1998, en París- se encuentra ahora en crisis. El problema, de alcance mundial, se ha venido gestando en un proceso de globalización y mercantilismo cuyas pautas están a punto de borrar cualquier otro referente posible de la condición humana que no sea el consumo.

En horizonte tan confuso, la educación superior puede terminar en un pacto con el diablo que comprometa los valores y ponga en peligro el espíritu de las instituciones académicas, según advierte el profesor norteamericano y ex rector de la Universidad de Harvard Derek C. Bok.

En el artículo La universidad puramente pragmática , publicado en el número de mayo/junio de este año en Harvad Magazine, el profesor Bok critica la tendencia exclusivamente utilitaria de ciertas universidades en los Estados Unidos. No obstante ello, su análisis es extensivo a la actualidad universitaria internacional y, por ende, nos atañe.

La necesidad de capacitación en áreas diversas del conocimiento, condición sine qua non para obtener trabajo dentro de esta sociedad competitiva y oportunista, convoca masivamente a las academias. Frente a semejante demanda, los centros de estudio descubren inéditas oportunidades para obtener beneficios materiales.

Entre los riesgos que supone la sobredimensión de las ventajas del mercado, los más notorios serían: plantel de profesores mediocres, para compensar los costos de las invitaciones a celebridades realizadas en función de la “imagen”; admisión de alumnos condicionada a su pertenencia a familias pudientes, promoción de publicidades que acompañen determinados programas a cambio de subsidios jugosos, auspicio de multiplicidad de cursos de bajo nivel organizados sólo porque existe la demanda, organización de congresos y conferencias por parte de expertos en marketing desde sus oficinas comerciales. Estos congresos y conferencias son diseñados a medida, por ejemplo, para conseguir potenciales donantes.

Si hasta ahora las figuras académicas más destacadas, las que siempre estuvieron al margen de los intereses comerciales, prevalecen sobre las emergentes, las defensoras de las tendencias empresariales, ¿qué puede esperarse de un futuro nada lejano, cuando se invierta la ecuación?

El profesor Bok desenmascara crudamente el silencioso y casi imperceptible deterioro que está en curso: “Como los individuos que experimentan con drogas, es probable que los funcionarios de la educación superior crean que pueden actuar sin graves riesgos”.

Un bien comerciable

La idea de la educación como mercancía circuló con insistencia en la última Conferencia Internacional de Educación Superior de la Unesco (junio de 2003), en oposición a la noción de bien social defendida en 1998. Semejante deslizamiento ha estado en sincronía con orientaciones que emergieron de la Organización Mundial de Comercio (OMC).

Si el fin de la educación superior es el fortalecimiento de las culturas dentro de un intercambio que respete las necesidades particulares de los diferentes países, o sea su identidad, si la educación superior está fundada en el compromiso originario del profesional no fragmentado por la especialización excluyente, queda en evidencia el peligro que, para tal objetivo, implica la comercialización del saber.

Propugnar el mercado de la educación conlleva la aceptación del desplazamiento de lo nacional y regional en beneficio de lo global y, por lo tanto, potencia los riesgos de la universidad puramente pragmática.

En efecto, la idea de un espacio global para la educación superior lleva implícita la de macrouniversidades gerenciadas por determinados consorcios o grupos que expenderían sus productos de manera invasiva. A tales fines contribuiría la creación de un foro mundial de evaluación y acreditación universitaria. Esto equivale a decir que ciertos sectores preponderantes impondrían tendencias y saberes dirigidos, lo que anularía el precioso derecho que significa la educación en libertad como bien social. Este bosquejo sobre el panorama actual de la educación superior está lejos de ser un relato de ciencia ficción. Ojalá que los debates desatados por una coyuntura que nos concierne a todos terminen por rechazar la tendencia mercantilista y que se reformulen los valores académicos hoy al borde de extinguirse. No hay que olvidar la contradicción implícita en el espacio global, ya que éste cancelaría las coordenadas de la bella diversidad del espíritu del mundo.

Hace 55 años, cuando el problema de la cultura se encuadraba en el proyecto de paz de las flamantes Naciones Unidas, el poeta T. S. Eliot, Premio Nobel 1948, escribía lo siguiente, en Notas para la definición de la cultura : “Los organizadores del mundo, serios y humanos, podrían ser, sin embargo -si creyéramos que sus métodos habrían de tener éxito- una amenaza tan grave para la cultura como aquellos que emplean métodos más violentos. Una cultura mundial que fuera simplemente una cultura uniforme no sería cultura. Tendríamos una humanidad deshumanizada. Sería una pesadilla”. Esto no significa, prosigue Eliot, abandonar el ideal de una cultura del mundo. Pero “sólo podemos concebirlo como el término lógico de las relaciones entre las culturas”.

La crisis de una educación superior que pasa de bien social a mercancía ya estaba latente, de algún modo, en aquellas disquisiciones de Eliot. El poeta ya vislumbraba la decadencia.

Horacio C. Reggini es ingeniero, autor de los libros Los caminos de la palabra Sarmiento y las telecomunicaciones .

 

Erice, un faro entre la ciencia y el arte

Por Horacio C. Reggini

Para lanacion.com

Martes 28 de septiembre de 2010

(Erice, Sicilia, Italia)

El Centro Cultural Ettore Majorana ha organizado estos días (entre el 1° y el 6 de agosto, la reunión Learning, Science, Art, and the Brain, reconociendo las relaciones entre neurociencias, ciencia, arte y educación como una frontera fértil para contribuir al descubrimiento científico, la innovación artística y el avance de la educación. Toda esta amplia perspectiva interdisciplinaria está despertando un notable interés y brindando nuevas oportunidades para la investigación en todo el mundo.

El nombre del Centro Cultural de Erice recuerda y honra la memoria del siciliano Ettore Majorana (1906-1938), quien fue activo integrante del prestigioso Grupo Físico de Roma, dirigido por Enrico Fermi (1901-1938), Premio Nobel en 1938. En aquellos años, este grupo hizo valiosos aportes teóricos y experimentales al estudio de la física nuclear y contribuyó a que Italia volviera a tener la importancia de otras épocas en el desarrollo de la ciencia.

En agosto de 1982, Antonini Zichichi, activo organizador y director del Centro, ante el peligro de una guerra nuclear mundial, impulsó junto con otros reconocidos científicos la denominada Declaración de Erice, exhortando a todas las naciones hacia una imprescindible cultura del amor a fin de dejar atrás a la cultura del odio. Afirmaba que la elección no es una cuestión científica, sino cultural, y decía además que desde las edades del bronce y del hierro, notoriamente no-científicas, los hombres inventaron y construyeron tanto herramientas para el trabajo como instrumentos para la guerra; que era imperativo para todos la búsqueda de la armonía y de la paz para alcanzar la cultura del amor.

Caminando por la intrincada malla del distrito medieval de Erice, cruzando paisajes y patios de flores, uno ve que sus calles llevan la historia manchada en las piedras de sus empinadas cuestas,

Erice se yergue sobre el Monte San Giuliano, a 751 m. de altura, mirando al mar Mediterráneo, en el noroeste de la extensa isla de Sicilia. Fue asentamiento de pueblos antiguos, de griegos y romanos, lo cual creó un sitio de gran interés histórico y artístico que permanece desde hace siglos sin cambios. Habitada desde el paleolítico superior, reúne muchos rasgos sicilianos peculiares, como un urbanismo normando y la organización árabe de la vivienda en torno al patio. En Erice se vive el Medioevo respetado, y si la niebla lo permite, y los ojos se esfuerzan, la vista desde lo alto alcanzará Túnez o el Etna. Y sin mirar tan lejos, Trapani se abre al mar en las faldas de la montaña. Por el otro costado se encuentra Valderice, el valle que se abre hacia el golfo Castellammare.

Quizá debido a su imponente presencia, tutelando la provincia de Trapani, Erice ha sido desde tiempos inmemoriales lugar de culto y advocación a las divinidades clásicas. Incluso hoy sus varias iglesias le confieren el halo de misticismo que desprendió antaño. Precisamente el punto más alto, donde se alza el castillo, fue lugar de culto y veneración -en todo el mundo clásico y el Mediterráneo occidental- de las diosas del amor y la fertilidad: Astarté para los fenicios, Afrodita para los griegos y Venus para los romanos. Si tenemos en cuenta que al llegar a Sicilia, desde el Sur, Erice es un faro natural sobre el promontorio, entenderemos el porqué de su importancia. Ya Virgilio cita la ciudad en La Eneida, diciendo que fue fundada por Eneas al finalizar la guerra de Troya. Afrodita, diosa del amor y la belleza, suele aparecer en el siglo VII a.C. con corona y suntuosos vestidos; pero desde el siglo IV ya se la representa desnuda o semidesnuda, con un amplio repertorio de posiciones. Junto con su hijo Eros, eran los dioses del amor por excelencia. Según una filosofía tardía, Platón diferenció dos tipos de diosa, la Afrodita Pandemo, la popular, y la Urano, la diosa del amor puro. Para todos los pintores, es la excusa perfecta para representar el ideal de belleza.

Erice, ciudadela árabe también, fue en época normanda, en concreto a partir de 1167, cuando, tras la conquista del conde Ruggerio, adquirió el dibujo urbano de callejuelas sobre el que posteriormente se fueron edificando palacios, murallas e iglesias.

La Iglesia Madre, del siglo IV a.C., es la principal construcción religiosa, junto a una torre campanario de la misma época.

Dentro de los límites de los Jardines del Balio (toman el nombre de Baiuolo, gobernador normando que residía en el castillo), sin duda el lugar más sugestivo de Erice, se halla el castillo Pepoli, y, elevado en su extremo sudeste, el Castillo Venere (Castillo de Venus o Castello di Venere), construido entre los siglos XII y XIII sobre los restos de un antiguo templo llamado de Venere Ericina (el nombre Erice deriva de Venere Ericina, la diosa de la fecundidad aquí venerada desde la antigüedad con la construcción del famoso templo).

En su cercanía se hallan las impresionantes ruinas de Selinunte y de Segesta, que sufrieron los efectos de un devastador terremoto a fines del siglo XVII. Selinunte fue fundada a mediados del siglo VII a. C. con un extenso anfiteatro y un gran templo. Esta ciudad se mantuvo en conflicto permanente con la ciudad de Segesta, aliada de Atenas. El edificio más característico de Segesta es el templo dórico del cual se conserva el peristilo de seis por catorce columnas, construido sobre un podio compuesto por tres gradas. En el recinto urbano se destaca el teatro con un graderío, en el que pudieron sentarse cerca de cuatro mil espectadores y el ágora pavimentada con losas de piedra y rodeada de pórticos por tres de sus lados.

Erice posee una planta de diseño urbano triangular, configurada por un perímetro de grandes paredes de piedra, y en el medio del triángulo, en un monasterio anexo a la iglesia de San Pedro, es donde se aloja el Centro Cultural Ettore Majorana, organizador de esta y otras reuniones científicas internacionales y sede de una Escuela de Física Nuclear donde han disertado nombres famosos de esa área: Paul Dirac (1902-1984), Robert Oppenheimer (1904-1967), Richard Feynman (1918-1988), entre otros.

El ambiente creado alrededor de Erice -entre la Ciencia y el Arte- es notablemente acogedor y proclive a la reflexión y a la memoria de la humanidad.

 

El rastreador entre fantasmas

Por Horacio C. Reggini

Para La Nación

Martes 06 de noviembre de 2001 | Publicado en edición impresa

Las inesperadas imágenes del mundo narrado por Franz Kafka han anticipado y revelado genialmente nuestra circunstancia. Un texto singular de las Cartas a Milena dice así: “¿De dónde habrá surgido la idea de que las personas pueden comunicarse mediante cartas? Uno puede pensar en una persona distante y puede tocar a una persona cercana; todo lo demás queda más allá de las fuerzas humanas. Escribir cartas, sin embargo, significa desnudarse ante los fantasmas, que las esperan con avidez. Los besos por escrito no llegan a su destino, se los beben por el camino los fantasmas. Con este abundante alimento se multiplican en forma desmesurada. La humanidad lo percibe y lucha por evitarlo. Y para eliminar en lo posible lo fantasmal entre las personas y lograr una comunicación natural, para recuperar la paz de las almas, ha inventado el ferrocarril, el automóvil, el aeroplano. Pero ya es tarde: son evidentemente inventos hechos en el momento del desastre. El bando opuesto es tanto más calmo y poderoso; después del correo inventó el telégrafo, el teléfono, la radio. Los fantasmas no se morirán de hambre, y nosotros, en cambio, pereceremos”.

Kafka murió en 1924, antes del advenimiento de la televisión, las computadoras e Internet y, de seguirle el tren, podríamos deducir que ahora, cuando dos mil millones de mensajes electrónicos circulan diariamente por el ciberespacio, sus ávidos fantasmas deben de andar de parabienes y sobrealimentados. Literatura aparte, debemos aceptar que el mundo ha cambiado sustancialmente desde entonces y que se ha vuelto imperativo un uso consciente y valioso de los nuevos medios de comunicación.

Hace ya treinta años, al recordarnos que “todo acto cognoscitivo es un acto lingüístico”, George Steiner advertía sobre la “erosión del atlas lingüístico”, vislumbrable a través de las tecnologías en avance, tanto por su uniformidad como por la creciente velocidad que imprimían a las comunicaciones. Pero dicho peligro de “erosión” se originaba en cambios de tal profundidad que aun las estructuras de la percepción se veían comprometidas y por lo tanto, aclaraba Steiner, los medios electrónicos de comunicación no pasaban de simple síntoma.

En sintonía con lo anterior, de nuestra parte es necesario señalar, primero, que las innovaciones no se desarrollan en un vacío social, independiente de valores y objetivos vigentes, sino que están signadas por costumbres y circunstancias, y, segundo, que se debe diferenciar entre la calidad de muchas aplicaciones de las nuevas tecnologías y la vileza de las de base débil o banales. Nadie ignora la generalizada tendencia a exaltar, sin previa evaluación, los medios modernos y sus presuntos beneficios. Este optimismo pasa por alto que los beneficios de las técnicas nuevas no sólo derivan de sus específicos atributos sino de cómo éstos se entretejen con los deseos de los usuarios. Las innovaciones no se dan en el desierto: se producen en un medio que las impregna con sus sueños. “Estamos hechos de la materia de los sueños”, dijo Shakespeare con certera visión de poeta.

Al esclarecimiento de lo que significa una innovación serviría la respuesta a ciertas preguntas que la encuadren: ¿por qué surgió?, ¿quiénes la impulsan?, ¿qué necesidades cubre?, ¿quién la controla?, ¿con qué fin?, ¿quiénes ganan?, ¿quiénes pierden? Tampoco debiera soslayarse la relación entre la popularidad de las nuevas tecnologías y su contexto más notorio: preponderancia de las empresas transnacionales, liberalización de los mercados, globalización multidimensional, etcétera.

Como ha venido sucediendo, los medios de comunicación evolucionarán sin pausa hacia otros estadios, que depararán nuevos deslumbramientos y oportunidades. Pero más importante que las variaciones técnicas o las vicisitudes del mercado son los concomitantes cambios mentales.

Transformación de la identidad

Hemos entrado sin advertirlo en la tercera fase de la historia del conocimiento, dice Raffaele Simone. En la primera imperó la escritura; la imprenta definió a la segunda. Esta tercera fase correspondería a la de la cultura audiovisual, que, a partir de una manera diferente de aprehender y elaborar conocimientos, entrañará la transformación de identidad y tradición. Lógicamente, esto alterará el equilibrio de la balanza. Simone apunta: “Algunas actividades antiguas y otras consideradas valiosas hasta ahora se están perdiendo. Pero, si bien se mira, hay cantidad de cosas nuevas que antes no eran imaginadas y que se han vuelto de improviso fáciles y naturales. […] Será necesario comprender si, llegado el momento, el saldo refleja una ganancia o una pérdida”. Muchos apostamos por el resultado positivo y asumimos la lucha que implica el uso genuino de los nuevos medios.

En Pasión intacta , Steiner deja filtrar una luz de esperanza en el amargor de un comentario sobre el futuro de la lectura: “La cultura de masa, la economía del espacio y del tiempo, la erosión de la privacidad, la supresión sistemática del silencio en las culturas tecnológicas del consumo, el abandono de la memoria en el aprendizaje, acarrean el eclipse del acto de la lectura. […] El lamento será fatuo. […] Paradójicamente, los nuevos medios de la comunicación instantánea y abierta de la “interfaz” entre texto y recipiente pueden resultar más resistentes frente al despotismo, el oscurantismo y la inhumanidad”.

Desde otro mirador, el pensador de la complejidad, Edgar Morin, denuncia el todavía resistente reduccionismo racionalista y su parcelación de la realidad. Nada es simple -nos advierte-, todo es complejo e irreductible. Viejas fórmulas triunfalistas, como “el futuro nos pertenece”, se han desmoronado con estrépito, y formas embrionarias de pensamiento que incluyen lo desconocido y aleatorio bregan por un nuevo comienzo: “Debemos trabajar con el desorden y la incertidumbre […], lo cual no significa dejarse sumergir por ellos; implica, en fin, poner a prueba un pensamiento enérgico que los mire de frente”.

En nuestro agitado presente, sería bueno reconocer que la crisis es también fuente de novedad y creación, que en la declinación de viejas ideas se abonan almácigos de insospechada riqueza. Domingo Faustino Sarmiento lidió por la comunicación entre los individuos y los pueblos y así “conquistar la soledad, la ignorancia y el desorden”, desiderátum que sigue en pie. Sin duda, a Sarmiento lo fascinarían los extraordinarios poderes de las comunicaciones modernas y trabajaría con su característica pasión en darles el mejor de los usos posibles; se jugaría por la concentración responsable y el uso reflexivo de los contenidos y mensajes en las nuevas redes, sin arredrarse por la infinitud del horizonte. ƒl reinsertaría, dentro del afán de la información y el trajín de la comunicación, las virtudes del rastreador de su Facundo : “En llanuras tan dilatadas, en donde las sendas y caminos se cruzan en todas direcciones, y los campos en que pacen o transitan las bestias son abiertos, es preciso saber seguir las huellas de un animal, y distinguirlas de entre mil; conocer si va despacio o ligero, suelto o tirado, cargado o de vacío”.

Horacio C. Reggini es ingeniero, autor de los libros Los caminos de la palabra Sarmiento y las telecomunicaciones .

 

La sociedad del conocimiento

Por Horacio C. Reggini

Para La Nación

Sábado 19 de junio de 1999 | Publicado en edición impresa

Dónde está la sabiduría que hemos perdido en conocimiento? ¿Dónde está el conocimiento que hemos perdido en información?

Thomas S. Eliot, The Rock

Suele afirmarse que la humanidad ha entrado en la era de la información. Esto abriría las puertas a un nuevo tipo de sociedad, que se ha dado en llamar “del conocimiento”. Con respecto a esta denominación, parece oportuno comentar la evolución de la manera de utilizar el conocimiento y la escasa estima con que algunas veces se valora a sus creadores.

En el largo plazo, el conocimiento no estará en las personas, sino en las máquinas. Por supuesto, se trata del conocimiento rutinario que ha sido posible definir rigurosamente con palabras y procedimientos precisos, y no del creativo, propio de los seres humanos, que siempre será necesario para el avance. Con los resultados alcanzados en la representación y la transferencia del saber a las máquinas, deberemos poner el acento cada vez más en los objetivos de nuestras acciones y menos en las habilidades y conocimientos requeridos para cumplirlas.

Ya no será aconsejable organizar y aprovechar el conocimiento pasándolo a través del cerebro, aunque alguno pueda considerar esta circunstancia insultante para la dignidad humana. La mayor parte de la interacción con el saber se manejará controlando el procesamiento de la información que quedará a cargo de las máquinas. Esta es, en síntesis, la esencia de los sistemas de computación y de telecomunicaciones. Es también una de las causas del creciente desempleo actual y de los profundos cambios en la educación y en la sociedad toda.

El saber castigado

Sin embargo, a pesar de la importancia que se adjudica al conocimiento, en distintos momentos ha existido cierto desdén por su adquisición y aplicación. Tanto en las culturas antiguas como en las modernas, a muchas personas se les ha reprochado la posesión o el uso del saber. Los hombres que levantaron la torre de Babel fueron condenados por haber querido realizar una obra singular que llegara al cielo; al mítico Prometeo se lo castigó por haber entregado a los seres humanos el secreto del fuego, que brindaba la capacidad de crear instrumentos y objetos técnicos; Galileo, Giordano Bruno y tantos otros pensadores originales fueron perseguidos por diseminar nuevas ideas o por haber revelado la falsedad de los paradigmas vigentes. El trágico vuelo de êcaro es otro ejemplo de lo que se paga por intentar innovar.

Los tiempos han cambiado y sin duda es de celebrar que ya no se asocie la posibilidad de adquirir o aplicar conocimiento con la hechicería. Por el contrario, se promueve y aplaude, en especial cuando produce cuantiosos resultados económicos. La humanidad ya no rechaza con actitudes irracionales lo que el conocimiento tiene para ofrecer. No obstante, no ha desaparecido en grado pleno la desconfianza, la envidia y la desconsideración hacia las personas generadoras y dueñas de conocimiento, quizá por su capacidad de convertirse en nuevos Prometeos. Ojalá la nueva sociedad del conocimiento sepa valorar más a las personas sabias, a las universidades y a los centros genuinos de creación y cultura por encima de un crudo maquinismo.

Existen actualmente indicios de decadencia de la actividad intelectual en los medios de comunicación. Al revés de lo que ocurre con las distancias espaciales, que desaparecen con las maravillosas técnicas a nuestro alcance, se agrandan en cambio las que existen entre los artífices de la reflexión y del pensamiento y los políticos y gobernantes. Parecería que una superabundancia de información y comunicación en todo el planeta tiene preeminencia sobre los intentos por afirmar un mayor bienestar social y cultural. “Los que mandan”, salvo casos notables en la historia, no se han distinguido por su conocimiento o por la debida apreciación de la inteligencia de sus súbditos o por escuchar, como Alejandro Magno, las palabras de los sabios.

Los progresos de las modernas tecnologías de la información sin duda configuran caminos necesarios aunque no suficientes para la vida y el desarrollo de las sociedades actuales. Como la desintegración del átomo, que ofrece una colosal fuente de energía o espantosas explosiones, también la comunicación masiva de nuestros días nos coloca frente a difíciles alternativas. Siempre es complejo mantener cierto grado de equilibrio, de discernimiento y de reflexión ante lo nuevo. Es de esperar que la tan mentada sociedad del conocimiento permita la transición lo antes posible a una verdadera sociedad de la sabiduría, que muchos anhelamos.

El último libro de Horacio C. Reggini es Sarmiento y las telecomunicaciones. La obsesión del hilo .

 

Jalones del camino en construcción

Por Horacio C. Reggini

Para La Nación

Martes 30 de julio de 2002 | Publicado en edición impresa

EN una entrevista de 1984, a propósito de la actitud del escritor, Jorge Luis Borges destaca la exigencia de humildad: “Recuerdo unos famosos versos de Kipling en “If” que dicen que uno debe enfrentarse con el fracaso y con el éxito y tratar del mismo modo a esos dos impostores. Porque son impostores, porque nadie fracasa tanto como cree ni tiene tanto éxito como cree”.

Pensamos que esta opinión de Borges sobre la escritura puede hacerse extensiva a las demás actividades. ¿Acaso la vida de las personas es otra cosa que una trama de aciertos y errores? Hablar de éxito y de fracaso supone esgrimir antiguas categorías autoritarias que se han desmoronado hace tiempo junto a las grandes palabras con que manifestaban su nefasto despotismo. La complejidad de cada caso singular se inscribe en la complejidad de un universo donde la incertidumbre y el azar son factores ineludibles. No existe la determinación absoluta y apriorística en la historia individual ni en la de los pueblos.

El proceso creativo

Si aplicamos este pensamiento a nuestra actualidad nacional comprenderemos que así como todo lo sucedido hasta ahora no nos prefigura para siempre, tampoco ha ocurrido en vano. La trama de acierto y error no puede ser borrada de plano y mesiánicamente tildada de “fracaso”. No descartemos lo que tenemos, más bien aprovechemos los errores cometidos.

“En lugar de posar como profetas debemos convertirnos en forjadores de nuestro destino. Debemos aprender a hacer las cosas lo mejor posible y a descubrir nuestros errores. Y una vez que hayamos desechado la idea de que la historia del poder es nuestro juez, una vez que hayamos dejado de preocuparnos por la cuestión de si la historia habrá o no de justificarnos, entonces quizás, algún día, logremos controlar el poder” (Karl Popper, La sociedad abierta y sus enemigos ).

Buscando el camino a la India tras el sol poniente, Europa se topó con América sin vislumbrar siquiera adónde iría a parar en su aventura. La creación científica y técnica suele emprenderse de manera similar, en un cruce de hipótesis y sueños, de intuiciones y ejercicio de la razón. El proceso incluye el error, que no sólo es inevitable sino a menudo positivo.

Diversas teorías se pronuncian sobre la génesis de toda obra. Hay las que apuestan a una suerte de epifanía o mágica iluminación; otras, a la continuidad del esfuerzo. Seguramente, ambas se combinan en una prolongada gestación. Los escritores saben bien que la escritura es en gran parte rescritura: escribir es corregir.

Por su parte, el conocido arquitecto Christopher Alexander, en sus Notas sobre la síntesis de las formas , manifiesta que la única manera de lograr el ajuste adecuado entre un proyecto y sus requisitos es ir eliminando las fallas o deficiencias al tiempo que se las descubre: no existe la vía directa o la deducción automática cuando se trata de satisfacer la complejidad de ciertos requerimientos. La obra, aun la obra maestra, exige un proceso de depuración.

El proceso constructivo “depuración” fue analizado por Jean Piaget hace más de medio siglo, cuando estableció las bases de su epistemología genética, y su discípulo Seymour Papert, investigador en el campo de la educación y las computadoras, lo puso en práctica, entre otros, al crear el lenguaje Logo en el MIT. La exigencia de ir corrigiendo ( debugging ) a medida que se prueban los programas es decisiva en la adopción del uso de las computadoras en los ambientes educativos.

Aunque el filósofo Karl Popper no se ocupó específicamente de la educación, sus hipótesis sobre la progresión de la capacidad cognitiva lo sitúan en la avanzada de Piaget, al que remite con frecuencia. Para Popper la internalización del conocimiento y su acrecer dependen de sucesivas conjeturas y refutaciones, método que configura el primero y fundamental de los procesos de aprendizaje.

Bases del aprendizaje

En tal sentido, escribe: “Pero a mí me parece que lo esencial al pensamiento “creativo” o “inventivo” es la combinación de un intenso interés en algún problema (y por lo tanto la disposición a ensayar una y otra vez) con una fuerte facultad crítica; con una disposición para atacar aun aquellas presuposiciones que para un pensamiento menos crítico determinan los límites del rango a partir del cual son seleccionadas las pruebas (conjeturas); con una libertad de imaginación que nos permite vislumbrar fuentes insospechadas de error: posibles prejuicios que necesitan examen crítico” ( Búsqueda sin término ). Es decir, para Popper, “el proceso de aprender consiste principalmente en correcciones a expectativas que no se cumplen” y que son, justamente las que desencadenan el proceso de ensayo y error.

También Papert ha insistido en que no se debe temer al error sino que hay que utilizarlo al testear críticamente los resultados de determinadas operaciones o acciones: “Los errores nos benefician, porque nos llevan a estudiar lo sucedido, a comprender lo que anduvo mal y, a través de la comprensión, a corregirlos”.

En suma, no hay hacer sin error. El error es a la vez inevitable y fecundo. Estigmatizarlo condena a ignorar cómo se ha llegado a los grandes aciertos.

En la coyuntura actual deberíamos reconocer los errores cometidos y trocarlos en jalones de un camino en construcción. Habría que emular el espíritu pragmático de Sarmiento, que prefería la posibilidad de errar a la inactividad, ya que para él no existía peor error que no hacer. “Hágase una ley mala, pésima, pero póngase mano a la obra.” Y también, con fuerza de coloso: “Hay que hacer las cosas aunque en el principio no se comience muy bien (en el camino se componen las cargas); es menester salir de viaje temprano, al alba grande aunque luego nos detengamos hasta que aclare […]. Todo está en principiar, y andando a favor del viento […] éste ayudará”.

Actualidad argentina

Claro que estas cosas fueron escritas hace alrededor de un siglo y medio y desde entonces mucha agua corrió bajo los puentes y, arriba, algo de sangre. Por eso, a fin de no desmadrarnos, lo de Sarmiento, que fue grande, debe conciliarse con el consejo de Popper de no posar como profetas sino forjar el propio destino. Sarmiento debe ser leído a partir de nuestro doloroso presente y, sin soltar lastre irresponsablemente, es decir, elaborando y madurando las experiencias anteriores, abocarnos a la participación activa.

Ortega y Gasset lo asentó también: “La auténtica plenitud vital no consiste en la satisfacción, en el logro, en la arribada”. Y se remitió a Cervantes, que prefería el camino a la posada y le hacía decir a su Quijote: “Mis arreos son las armas, mi descanso el pelear”.

Demos batalla entonces cada día, aun desde nuestros desaciertos, para superarlos. No estamos a la intemperie. Contamos con un territorio privilegiado y fecundas bases de educación y cultura donde abrevar, aun en mitad de la travesía. Y contamos antes que nada con nosotros, más allá de las diferencias que nos enriquecen, igual que contó con sus amigos aquel gaucho de a pie en el desierto, cuando el tigre cebado lo tuvo más de dos horas balanceándose en un algarrobillo y el hombre estuvo a punto de caer de extenuación en esas fauces que, por otra parte, lo fascinaban, según narra la apertura de Facundo .

Horacio C. Reggini es ingeniero. Autor de los libros Los caminos de la palabra Sarmiento y las comunicaciones .

 

El ingenio en la ingeniería argentina

Horacio C. Reggini

Para La Nación

Martes 25 de agosto de 2009 | Publicado en edición impresa

No es suficientemente conocida y aceptada la importancia de la actividad de la ingeniería en la vida y el desarrollo del país. Una de las definiciones de “ingeniero” que encontramos en el diccionario de la RAE dice: “Hombre que discurre con ingenio las trazas y modos de conseguir o ejecutar algo”. El “ingenio” implica la capacidad mental de innovación. El ingeniero combina sabiduría e inspiración para modelar y construir sistemas en la práctica, y es indudable que, sin una infraestructura adecuada para el país, no es posible una producción competitiva, una educación genuina o una sociedad moderna e inclusiva. Por ello, se hace imprescindible fortalecer la profesión de la ingeniería en sus múltiples aspectos.

Una manera de empezar es acercando a la gente a los numerosos e ilustres ingenieros que ayudaron a construir la Argentina con sabiduría y valor. Los ingenieros argentinos han sido siempre apreciados y distinguidos en todo el mundo, y sería oportuno publicar un nuevo libro al respecto, al cumplirse pronto dos aniversarios significativos.

El primero es el bicentenario de la revolución del 25 de mayo de 1810, cuando un puñado de próceres soñaron con una nueva nación. El segundo es el centenario de la Exposición del 25 de mayo de 1910, en la que los primeros ingenieros, ya egresados de las universidades argentinas, mostraron sus realizaciones y sus afanes de construcción de un gran país.

Creemos que esa visión de nuestros mayores ingenieros debe contagiar en el momento actual y merece el apoyo y el esfuerzo de la comunidad argentina.

Hay que alentar la realización de grandes obras para reconstruir la infraestructura moderna que requiere el país. Para esto, sería provechoso resaltar obras estratégicas y de gran interés nacional, realizadas para el largo plazo y producto de esfuerzos financieros y sociales.

Habría que apuntar a las obras construidas por las áreas ingenieriles estatales como las de vialidad, ferrocarriles, energía, comunicaciones e hidráulica, entre otras, incluyendo aquellas llevadas a cabo por la voluntad y la gestión privadas. Con ello, se favorecerían múltiples iniciativas pendientes e interesantes de largo aliento, que constituyen verdaderos estímulos económicos y anímicos en el momento actual.

La buena memoria es un remedio eficaz, no para aislarse en nostalgias y lamentos, sino para despertar fuerzas con miras al futuro.

Frente a algunas trivialidades de la sociedad actual, inmersa en las nuevas tecnologías y el frenesí del consumo, afligen muchos aspectos. En particular, el empleo de la ciencia moderna requiere una educación amplia que abarque tanto la técnica como la historia. De allí la conveniencia de aportar claridad a las aceleradas innovaciones tecnológicas, para contribuir a rescatar una idea de progreso, hoy oscurecida por lógicas que despiertan vanos y efímeros entusiasmos.

Ya en las primeras décadas del siglo pasado, importantes pensadores, como Ortega y Gasset, vaticinaban una “civilización artificial”, que requeriría una severa consistencia ética. Presagiaban un desequilibrio peligroso entre la sutil complejidad de los problemas sociales y el comportamiento siempre limitado de los seres humanos. Ellos reconocían en la ciencia y la tecnología una portentosa lámpara de Aladino de enormes y beneficiosas posibilidades, y, a la vez, una perversa caja de Pandora, capaz de liberar maldades inimaginables, atrocidades bélicas e indeseables desastres culturales y ambientales.

Ante la dimensión nueva que la ciencia y la técnica han adquirido, no sólo por la amplitud de sus aplicaciones, sino también por la magnitud de sus consecuencias, la ambivalencia señalada torna imprescindible una reflexión contextualizada que permita orientar el potencial de la ingeniería en aras de resolver problemas acuciantes, para evitar caer tanto en el discurso exagerado de los progresistas exaltados como en la denuncia amarga y fútil de los detractores. Mediante la comprensión de los obstáculos, los ingenieros deducen cuáles son las mejores soluciones para afrontar las limitaciones encontradas cuando se tiene que producir y utilizar un objeto o sistema. Ellos saben que vida, seguridad, salud y bienestar dependen de su juicio. Por eso, resultaría alentador un trabajo que mostrara una selección cuidadosa de las obras que han resultado más significativas para el bien y el desarrollo de la población.

El conocimiento histórico sobre los protagonistas -ingenieros proyectistas y empresas- inspira siempre las acciones del futuro. Al mismo tiempo, es hora de prestar atención a los lineamientos y mejoras que debieran adoptarse para la educación de los ingenieros, en particular la incorporación de mayor capacidad de investigación tecnológica. Observar la ingeniería en medio de un contexto de ciencia, técnica y arte, proporciona un ideal de saber para un país justo, bello y rico.

Es necesaria una mirada gozosa y esperanzadora de algunos aspectos épicos de la construcción del país, donde muchos ingenieros fueron actores revolucionarios para su tiempo, pues dieron vuelta la tierra en que vivían, analizaron la realidad del momento, produjeron cambios y abrieron, de esa manera, la senda a nuevos horizontes.

El autor publicó recientemente el libro Florencio de Basaldúa. Un vasco argentino (Ed. Academia Nacional de Educación)

 

El mundo al toque de un mus

Horacio C. Reggini

Para La Nación

Viernes 23 de octubre de 2009 | Publicado en edición impresa

He preferido usar en esta nota el término “mus” para indicar el dispositivo con el que se señala o actúa sobre textos, figuras o zonas en las pantallas de las computadoras actuales. Alguien podría pensar que se trata de la pronunciación en idioma francés de mouse , palabra inglesa que significa “ratón”. Pero no, no es así: “ratón” se dice sorie en francés. Lo cierto es que mus es ratón en latín.

Pareciera que en un futuro cercano, el mundo entero va a ser controlado mediante el toque de unmus , por un pequeño número de personas que -simplificando los detalles- estarán determinadas por tres características: todas poseerán una dirección electrónica o un sitio en la Web; todas contarán con un teléfono móvil o celular (posiblemente de enlace mundial) y todas entenderán el inglés como primera o segunda lengua -tanto el escrito como el hablado-.

Esta clase dirigente se concentrará en el hemisferio norte, pero también la encontraremos por todas partes. Estará viajando continuamente y tendrá acceso simultáneo a información de todo tipo, ya sea científica, comercial o financiera, turística o de entretenimiento, gracias al toque de unmus .

Los dueños del nuevo mundo “telectrónico” -autores, innovadores, financistas, periodistas- darán paso a un ambiente de vida global, cosmopolita y consumista. Dominarán las grandes empresas actuales y otras tantas todavía por inventarse.

La ley o modo de actuar de la nueva clase telectrónica será más bien de carácter persuasivo, sin violencia ni medidas coercitivas, cercanamente ligada a los deseos del público masivo gracias a los sondeos y estadísticas de consumo disponibles en enormes bases de datos invasivos de la privacidad.

Existirá de continuo noticiosos de todo tipo en la televisión inseparable de cada persona, con campeonatos deportivos y juegos seguidos por billones de personas …

La tormenta del progreso tecnológico sopla tan fuerte que obscurece nuestra visión de lo que está pasando. En el mundo moderno creemos que ahorrar tiempo es bueno; que lento es malo y que rápido es mejor. Damos por cierto que si un auto o una computadora son más veloces o más complejos, ello nos permitirán hacer más trabajo en menos tiempo.

El concepto lineal del tiempo y de otros asuntos está adentrado en nuestras formas de pensar. Así resulta la noción de la eficiencia (hacer el máximo trabajo en el mínimo tiempo) y de la productividad (producir lo más rápido y la cantidad máxima con una inversión mínima).

Pero recordando la historia, encontramos que la denominada Revolución de la Información es, en gran medida, una ilusión, una trampa retórica y una expresión de ignorancia tecnológica.

Los grandes cambios han sido siempre impulsados por contextos preexistentes. Es la esfera cultural y social la que condiciona y determina las innovaciones técnicas.

 

El autor es ingeniero. En 1960 organizó el Grupo de Estudio de Aplicaciones de Computadoras (GEAC) en la Facultad de Ingeniería (UBA), y en 1966 se relacionó con el proyecto del MIT que incidió en la concreción de Internet


 

 

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