La Bodega Común

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Sólo un maestro de veras puede ser maestro y amigo

Por Horacio C. Reggini
Buenos Aires, 23 de junio 2003

 

En ocasión de una charla que Fernández Long mantuvo con un grupo de sacerdotes terminó sus conceptos reclamando con sorprendente humildad a ese auditorio que precisamente había ido en busca de consejo, orientación para sí mismo: “¿Y ustedes qué piensan sobre lo que debe hacer un cristiano a quien se le ha asignado la misión de conducir la Universidad?”. En los hechos, el gran maestro demostró, consigna Monseñor Casaretto, que para él “la vía democrática era la mejor impostación del Evangelio en la construcción de la sociedad”.

 

La muerte de un ser querido de ninguna manera significa el cese de la intensa relación que con él tenemos. El que ya no está sigue habitando nuestros sueños e iluminando nuestra vigilia, vive dentro de nosotros. Cuando se trata de un gran maestro y amigo, como es el caso de Hilario Fernández Long, el deudo que ha sido su alumno y a la vez amigo siente la urgencia de recordarlo justamente como maestro y amigo. Los demás méritos y títulos de Fernández Long –que son muchos y reconocidos– vienen después, a mi juicio, de esa condición primera que, en general, se da por descontada y nadie se detiene a revisar. En realidad no es cosa de todos los días: sólo un maestro de veras puede ser maestro y amigo. Hasta sería posible conjeturar que si el maestro, en el lapso en que es maestro no es amigo, no es maestro. Hay unas líneas muy elocuentes de un gran escritor de nuestra América, el guatemalteco Augusto Monterroso, desaparecido poco después de Fernández Long, una pequeña pieza literaria que en su brevedad expone ejemplarmente el nudo de esa relación dialógica y fundamental.

 

La voy a leer al pie de la letra:

 

AÚN HAY CLASES

Mis alumnos de la Universidad, in illo tempore:

¿Podemos tratarlo de tú, maestro?

Yo:

Sí; pero sólo durante la clase.

 

Como ven ustedes, Monterroso tiene el don de la síntesis. Pero mi corazón quiere explayarse, contar de alguna manera cómo la amistad que suscitó el maestro me permitió volver a mi interior y aprender ahí lo que él enseñaba, es decir, encaminarme hacia un mí mismo que se iluminó y entibió por obra de ese otro que me conducía. Tengo la absoluta certidumbre de que, de los puentes que construimos entre el ingeniero Hilario Fernández Long y yo, el que se tendió primero gracias a su mano de maestro y a mi complicidad de discípulo, es un puente primordial a prueba de correntadas.

El maestro construye un espacio, entonces, donde comparte con el alumno. El maestro Fernández Long no se quedó afuera, “frente a”, sino que construyó ese espacio y estuvo cerca, en una vecindad privilegiada. De ahí que quien fue su alumno sienta el mandato de prolongar su voz, tarea que no se lleva a cabo con discursos vacíos, sino reformulando en un modo de vida transmitido a su vez a los discípulos de este ex discípulo la heredad recibida. Esa heredad, entonces, no será jamás un paquete aséptico de contenidos eruditos, el “erario de difuntos” del que hablaba un filósofo, sino de alguna manera la “voz de la verdad y la vida” de Aquel que señaló la ruta a Fernández Long en todo momento y le otorgó la facultad de gran maestro.

Otro gran maestro que vivió 40 años en la Argentina y formó a generaciones, el filósofo italiano Rodolfo Mondolfo, les decía a los jóvenes a quienes enseñaba en la Universidad de Tucumán alrededor de 1950: “Cuando sean ustedes profesores y los estudiantes les planteen dudas y preguntas, nunca se olviden de que todos somos mortales”. Doy fe de que, por su lado, Hilario Fernández Long tuvo presente siempre su condición finita.

Monseñor Jorge Casaretto, en un artículo de la revista Criterio, a la muerte de Fernández Long, exalta precisamente la humildad del gran maestro. “Todos sabemos –dice– que fue su autoridad moral en el mundo de la ciencia y de la ingeniería lo que le valió llegar al Rectorado de la Universidad por la vía más francamente democrática de la Asamblea Universitaria.” Y prosigue Monseñor Casaretto narrando cómo en ocasión de una charla que Fernández Long mantuvo con un grupo de sacerdotes a pedido de ellos, siendo él rector, charla en la que los esclareció –dice– sobre la misión del sacerdote en momentos de crisis, terminó sus conceptos reclamando con sorprendente humildad a ese auditorio que precisamente había ido en busca de consejo, orientación para sí mismo: “¿Y ustedes qué piensan sobre lo que debe hacer un cristiano a quien se le ha asignado la misión de conducir la Universidad?”. En los hechos, el gran maestro demostró, consigna Casaretto, que para él “la vía democrática era la mejor impostación del Evangelio en la construcción de la sociedad”.

La fuerza de una voz, entonces, se verifica en la ética de la acción. El discípulo que ha participado de las enseñanzas y ha sido testigo del comportamiento del maestro, se consolida activamente en la deuda. Este mundo ansioso y ávido donde estamos metidos nos alerta a cada paso sobre el compromiso que sellamos en la amistad de nuestro maestro. Ahora nos toca asumir su cuidado, ser sus “curadores”.

Tarea nada fácil, si se piensa que el caso de Hilario Fernández Long es el de alguien escueto, ajeno a la sensualidad del poder y la tentación de la riqueza. Él sabía que la acumulación de bienes materiales entorpece el desarrollo del ser humano. En esto era profundamente sarmientino, una persona incorruptible y que supo jugarse por sus convicciones sin alimentar ulteriores resentimientos ni expresiones de rencor. Austero y profundamente tierno bajo la severa corteza, mi maestro no me abandona y me desafía todo el tiempo. En él espejea el primer Maestro, que es Jesús, sobre quien el hombre de ciencia que era Fernández Long escribió un libro, cuyos manuscritos llevó antes que a nadie a su amigo monseñor Casaretto: “Usted me pidió que escribiera sobre la clave de mi vida –parece que le dijo–. Aquí está: un libro sobre Jesucristo.”

Sólo que a mí me gusta también, mundanamente, pensar a Hilario Fernández Long como una especie de Quijote, convencido de sus ideas y diciendo lo que su conciencia y saber le dictan sin inquietarle la singularidad de algunas de sus opiniones ni la extrañeza que puede despertar en los demás. Era afecto a actividades poco comunes, como por ejemplo estudiar el idioma chino, tocar el clarinete y jugar al go.

A mí, les iba diciendo, quizá por estas cosas que, junto a su talento y conducta, lo hacían único, me evoca la figura de aquel hidalgo “de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor” que, como maestro y amigo supo decir inolvidables palabras al hombre de bien “pero de muy poca sal en la mollera” que fue su escudero. Le dijo por ejemplo en una ocasión, para levantarle el ánimo: “Sábete, Sancho, que no es un hombre más que otro si no hace más que otro.” O cuando le dio consejos como futuro gobernador de la ínsula: “Mira, Sancho: si tomas por medio a la virtud y te precias de hacer hechos virtuosos, no hay para qué tener envidia a los que los tienen príncipes y señores; porque la sangre se hereda, y la virtud se aquista, y la virtud vale por sí sola lo que la sangre no vale.”

Fernández Long defendió las causas justas y la excelencia humana, y seguramente esto, junto a su capacidad de soñar, enciende en el alumno que fui yo la imagen de don Quijote, lo cual no quiere decir que no lo valore también como un modelo de ingeniero abocado a la práctica de su amada profesión.

En este acto tan peculiar que estamos realizando todos juntos aquí, en Santa Catalina de Siena, he pretendido acercar, vívida, la figura de un pionero en la ciencia y la educación de nuestro país. No he enumerado sus títulos, sus obras, sus distinciones –en una palabra–, voluntariamente no he desplegado el currículo de Hilario Fernández Long. Quise traerlo palpitante y cálido, que es algo diferente a mostrar una fotografía desvaída o certificados de erudición. Quise convocar, como ya les dije, al maestro y amigo desde mi ángulo de alumno y amigo. Me gustaría haber involucrado en este vínculo a cuantos han venido a este lugar y sé que tengo a mi favor precisamente el ámbito en que nos encontramos y asimismo la ocasión –el acto de homenaje– que favorece la presencia de un alma y la comunión con ella.

Un escritor norteamericano que leí tiempo atrás, un poeta que también escribió ensayos hermosos, refiriéndose al acto de homenaje como a un acto poético, dado que enlaza lo irreal con lo real, dice que justamente este acto, este avecinarse de personas evocando o congratulando o acercando algo que no está visible a la realidad visible y compartida, es iluminador y “ante todo es un nuevo compromiso con la vida”.

Creo que el maestro y amigo Hilario Fernández Long está aquí, muy cerca, abarcándonos a todos en su abrazo. Gracias.

 

Palabras en el acto de homenaje a Hilario Fernández Long, en la Iglesia Santa Catalina de Siena, el 23 de junio 2003, al cumplirse seis meses del fallecimiento, convocado por las Academias Nacionales de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales y de Educación. Celebró misa el Pbro. Rafael Braun y habló también el Dr.Guillermo Jaim Etcheveverry, rector de la Universidad de Buenos Aires. Publicadas además en los Anales y los Boletines de las respectivas academias. Reproducido en el Item 5 de la Sección VII, Ingeniería e Ingenieros, del libro El Futuro no es más lo que era. La Tecnología y la gente en tiempos de Internet, de H.C.R., pág. 336.

 

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