El ejemplo de un ingeniero

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Por Horacio C. Reggini
Para La Nación

Martes 12 de junio de 2001 | Publicado en edición impresa

Cuando los enviados de Ulises se internan en el país de los lotófagos y prueban el delicioso alimento que estos les ofrecen -el loto-, pierden de golpe la memoria y se sumen en un estado de sopor que los paraliza: ya no tienen pasado ni proyectos ni, por lo tanto, anhelo de regresar. Ulises deberá reembarcarlos a la fuerza para alejarlos del país del olvido.

En su relato de los mitos griegos, Jean Pierre Vernant refiere el episodio, y señala su importancia: “A lo largo del periplo, en cada momento, el olvido, la pérdida de memoria de la patria y del deseo de regresar a ella serán el trasfondo de todas las aventuras de Ulises y sus camaradas, la fuente del peligro y la desgracia. Estar en el mundo humano significa vivir bajo la luz del sol, ver al prójimo y ser visto por este, vivir en reciprocidad, recordar quién es uno y quiénes son los demás”. Nada más temible para la especie que el nubarrón de la amnesia.

Aquel espacio de “no humanidad” que conocieron los navegantes de Ulises queda hoy a la vuelta de la esquina: acontecimientos y cambios continuos, igual que el manjar de los lotófagos, pueden precipitar el gran baldío del olvido con la consecuente pérdida de toda identidad.

Sería por eso conveniente que la sociedad actual se propusiera hacer memoria y, de tal suerte, desentrañando raíces tuviera la posibilidad de comprender mejor su realidad. Creemos que evocar a las grandes figuras de nuestro país contribuye a resolver problemas y a revalorizar sus instituciones.

Luis A. Huergo nació en Buenos Aires en noviembre de 1837. Su brillante trayectoria me induce a reflexionar sobre el ingeniero de nuestros días, para lo cual debo remontar brevemente a su vida.

Huergo inició su carrera de ingeniería una vez inaugurados los cursos del Departamento de Ciencias Exactas por Juan María Gutiérrez, rector de la Universidad de Buenos Aires. La primera promoción de ingenieros egresados fue la de Huergo, que por su parte obtuvo el diploma número uno, el 6 de junio de 1870. A ello se debe que el 6 de junio se celebre anualmente el Día de la Ingeniería Argentina.

Cuando en 1874 el Departamento de Ciencias Exactas se transformó en la Facultad de Matemáticas, el ingeniero Huergo fue designado consejero académico. En 1881, nacionalizada la Universidad de Buenos Aires, la Facultad de Matemáticas se une a la Facultad de Ciencias Físicas y Naturales, bajo la tutela de la denominada Academia de la Facultad de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales. En 1891, se reforman los estatutos de la Universidad de Buenos Aires y Huergo pasa a ser decano de la Facultad de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales, posición que ocupa hasta 1895 y más tarde de 1899 a 1902.

Formación en las ciencias

En 1906, la Academia de la Facultad de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales deja el gobierno de la facultad a los consejos directivos. Desde sus comienzos, esta Academia Nacional de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales ha albergado en su seno a gran número de ingenieros en la Sección Ingeniería, entre ellos los ya fallecidos Luis A. Huergo, Guillermo White, Manuel B. Bahía, Otto Krause, Luis J. Dellepiane, Nicolás Besio Moreno, Claro A. Dassen, Enrique Butty, Rodolfo E. Ballester, Francisco García Olano, Enrique P. Cánepa, José L. Delpini, José S. Gandolfo, Oreste Moretto. Las otras dos secciones actuales de la Academia son la de Matemáticas, Física y Astronomía y la de Ciencias Químicas, de la Tierra y Biológicas.

El Ingeniero Huergo contribuyó a fundar, en marzo de 1895, el Centro Nacional de Ingenieros (hoy, Centro Argentino de Ingenieros); también la Sociedad Científica Argentina, de la cual fue el primer presidente en 1870 y, otra vez, entre 1878 y 1881. Presidió el notable Congreso Científico Internacional Americano, realizado en Buenos Aires en julio de 1910, que se llamó también del Centenario, donde la Ingeniería Argentina tuvo una descollante presencia.

Mis recuerdos de los hechos citados pretenden señalar dos cuestiones esenciales para la educación, la práctica y mejora de nuestra querida profesión.

La primera concierne al respeto, la contracción al estudio y el interés que la ciencia debe infundir a los ingenieros. De ahí que negarles una intensa formación en las ciencias, especialmente las físicomatemáticas, signifique relegarlos a una posición de inferioridad. Si la ingeniería tiene que ver con las aplicaciones de la ciencia, esto exige conocer sus bases y evolución. En este sentido fue fructífera la interrelación y amistad entre los estudiantes de ingeniería, matemáticas, física, astronomía, química, etcétera, que se trababa en las aulas y el patio de la vieja facultad de Perú 222, donde durante medio siglo se irguió la estatua de bronce de Huergo, la misma que sin su pedestal se encuentra ahora en la entrada de la Facultad de Ingeniería de Paseo Colón 850.

Aquella confraternidad del estudiantado ya no se da en las nuevas circunstancias, pero sí pervive en la Academia Nacional de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales. Aquí, en este espacio, el añejado espíritu de nuestra tradición permite a los ingenieros enriquecerse con nociones y actos de las otras secciones. Afortunadamente se trata de un ámbito en el que rige la idea de que el saber es uno y que su fragmentación en parcelas es una concesión a la debilidad humana.

La comunidad y sus individuos

En vista de la unidad del hombre y del empobrecimiento que se deriva de dividirlo y aislarlo, deberíamos (atendiendo, por supuesto, a la complejidad del conocimiento de nuestros días) bregar por una ingeniería concebida como actividad más amplia y, también, de una sola rama, es decir, no tantas como las que han brotado en los últimos años.

Justamente Huergo fue ejemplo concreto de coherencia en todo est: fue constructor de caminos, canales y puertos; veedor de las primeras pruebas telefónicas en Buenos Air, que transmitieron “la voz, el silbido, la música y el canto”; diseñador de transportes ferroviarios y explotaciones petroleras; una fotografía de 1904 lo muestra en el International Electrical Congress de St. Louis en compañía de Thomas Alva Edison y de Jorge Newbery. Presumiblemente, Huergo recelaría del número abrumador de carreras y títulos distintos del presente.

La otra cuestión suscitada por mis recuerdos se relaciona con la decidida voluntad de Huergo de actuar en múltiples tareas amparado en su profunda convicción socializadora, desde la que defendió los intereses de la comunidad y de sus individuos. Con plena conciencia de que la aversión al extranjero es una forma del analfabetismo y un complejo de inferioridad, no dudó sin embargo en alzar la voz contra opiniones no correctas de colegas del exterior cuando fue necesario.

La ingeniería no actúa sobre la sociedad como si fuera un agente externo, sino que es parte integrante de la urdimbre social; es una actividad social, de la misma manera en que lo son las otras. Se vuelve imperiosa la comprensión honesta de que no hay un sol del científico y un sol del filósofo, sino más bien un solo claroscuro que se piensa en pensamientos singulares. Huergo obraba al calor de esta idea y, consecuentemente, fue un político, un funcionario y un dirigente de actividad extensa y provechosa. En el campo de fuerzas de la vida se cruzan continuamente cuestiones éticas, exigencias de justicia, sentimientos de compasión y de amor. Huergo supo atender a todas ellas. Constituye un ejemplo para los ingenieros de hoy.

El autor es ingeniero, miembro de número de las academias nacionales de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales, y de Educación, y correspondiente de la Academia de Ingeniería de la Provincia de Buenos Aires.