El ingenio en la ingeniería argentina

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Horacio C. Reggini

Para La Nación

Martes 25 de agosto de 2009 | Publicado en edición impresa

No es suficientemente conocida y aceptada la importancia de la actividad de la ingeniería en la vida y el desarrollo del país. Una de las definiciones de “ingeniero” que encontramos en el diccionario de la RAE dice: “Hombre que discurre con ingenio las trazas y modos de conseguir o ejecutar algo”. El “ingenio” implica la capacidad mental de innovación. El ingeniero combina sabiduría e inspiración para modelar y construir sistemas en la práctica, y es indudable que, sin una infraestructura adecuada para el país, no es posible una producción competitiva, una educación genuina o una sociedad moderna e inclusiva. Por ello, se hace imprescindible fortalecer la profesión de la ingeniería en sus múltiples aspectos.

Una manera de empezar es acercando a la gente a los numerosos e ilustres ingenieros que ayudaron a construir la Argentina con sabiduría y valor. Los ingenieros argentinos han sido siempre apreciados y distinguidos en todo el mundo, y sería oportuno publicar un nuevo libro al respecto, al cumplirse pronto dos aniversarios significativos.

El primero es el bicentenario de la revolución del 25 de mayo de 1810, cuando un puñado de próceres soñaron con una nueva nación. El segundo es el centenario de la Exposición del 25 de mayo de 1910, en la que los primeros ingenieros, ya egresados de las universidades argentinas, mostraron sus realizaciones y sus afanes de construcción de un gran país.

Creemos que esa visión de nuestros mayores ingenieros debe contagiar en el momento actual y merece el apoyo y el esfuerzo de la comunidad argentina.

Hay que alentar la realización de grandes obras para reconstruir la infraestructura moderna que requiere el país. Para esto, sería provechoso resaltar obras estratégicas y de gran interés nacional, realizadas para el largo plazo y producto de esfuerzos financieros y sociales.

Habría que apuntar a las obras construidas por las áreas ingenieriles estatales como las de vialidad, ferrocarriles, energía, comunicaciones e hidráulica, entre otras, incluyendo aquellas llevadas a cabo por la voluntad y la gestión privadas. Con ello, se favorecerían múltiples iniciativas pendientes e interesantes de largo aliento, que constituyen verdaderos estímulos económicos y anímicos en el momento actual.

La buena memoria es un remedio eficaz, no para aislarse en nostalgias y lamentos, sino para despertar fuerzas con miras al futuro.

Frente a algunas trivialidades de la sociedad actual, inmersa en las nuevas tecnologías y el frenesí del consumo, afligen muchos aspectos. En particular, el empleo de la ciencia moderna requiere una educación amplia que abarque tanto la técnica como la historia. De allí la conveniencia de aportar claridad a las aceleradas innovaciones tecnológicas, para contribuir a rescatar una idea de progreso, hoy oscurecida por lógicas que despiertan vanos y efímeros entusiasmos.

Ya en las primeras décadas del siglo pasado, importantes pensadores, como Ortega y Gasset, vaticinaban una “civilización artificial”, que requeriría una severa consistencia ética. Presagiaban un desequilibrio peligroso entre la sutil complejidad de los problemas sociales y el comportamiento siempre limitado de los seres humanos. Ellos reconocían en la ciencia y la tecnología una portentosa lámpara de Aladino de enormes y beneficiosas posibilidades, y, a la vez, una perversa caja de Pandora, capaz de liberar maldades inimaginables, atrocidades bélicas e indeseables desastres culturales y ambientales.

Ante la dimensión nueva que la ciencia y la técnica han adquirido, no sólo por la amplitud de sus aplicaciones, sino también por la magnitud de sus consecuencias, la ambivalencia señalada torna imprescindible una reflexión contextualizada que permita orientar el potencial de la ingeniería en aras de resolver problemas acuciantes, para evitar caer tanto en el discurso exagerado de los progresistas exaltados como en la denuncia amarga y fútil de los detractores. Mediante la comprensión de los obstáculos, los ingenieros deducen cuáles son las mejores soluciones para afrontar las limitaciones encontradas cuando se tiene que producir y utilizar un objeto o sistema. Ellos saben que vida, seguridad, salud y bienestar dependen de su juicio. Por eso, resultaría alentador un trabajo que mostrara una selección cuidadosa de las obras que han resultado más significativas para el bien y el desarrollo de la población.

El conocimiento histórico sobre los protagonistas -ingenieros proyectistas y empresas- inspira siempre las acciones del futuro. Al mismo tiempo, es hora de prestar atención a los lineamientos y mejoras que debieran adoptarse para la educación de los ingenieros, en particular la incorporación de mayor capacidad de investigación tecnológica. Observar la ingeniería en medio de un contexto de ciencia, técnica y arte, proporciona un ideal de saber para un país justo, bello y rico.

Es necesaria una mirada gozosa y esperanzadora de algunos aspectos épicos de la construcción del país, donde muchos ingenieros fueron actores revolucionarios para su tiempo, pues dieron vuelta la tierra en que vivían, analizaron la realidad del momento, produjeron cambios y abrieron, de esa manera, la senda a nuevos horizontes.

El autor publicó recientemente el libro Florencio de Basaldúa. Un vasco argentino (Ed. Academia Nacional de Educación)