La sociedad del conocimiento

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Por Horacio C. Reggini

Para La Nación

Sábado 19 de junio de 1999 | Publicado en edición impresa

Dónde está la sabiduría que hemos perdido en conocimiento? ¿Dónde está el conocimiento que hemos perdido en información?

Thomas S. Eliot, The Rock

Suele afirmarse que la humanidad ha entrado en la era de la información. Esto abriría las puertas a un nuevo tipo de sociedad, que se ha dado en llamar “del conocimiento”. Con respecto a esta denominación, parece oportuno comentar la evolución de la manera de utilizar el conocimiento y la escasa estima con que algunas veces se valora a sus creadores.

En el largo plazo, el conocimiento no estará en las personas, sino en las máquinas. Por supuesto, se trata del conocimiento rutinario que ha sido posible definir rigurosamente con palabras y procedimientos precisos, y no del creativo, propio de los seres humanos, que siempre será necesario para el avance. Con los resultados alcanzados en la representación y la transferencia del saber a las máquinas, deberemos poner el acento cada vez más en los objetivos de nuestras acciones y menos en las habilidades y conocimientos requeridos para cumplirlas.

Ya no será aconsejable organizar y aprovechar el conocimiento pasándolo a través del cerebro, aunque alguno pueda considerar esta circunstancia insultante para la dignidad humana. La mayor parte de la interacción con el saber se manejará controlando el procesamiento de la información que quedará a cargo de las máquinas. Esta es, en síntesis, la esencia de los sistemas de computación y de telecomunicaciones. Es también una de las causas del creciente desempleo actual y de los profundos cambios en la educación y en la sociedad toda.

El saber castigado

Sin embargo, a pesar de la importancia que se adjudica al conocimiento, en distintos momentos ha existido cierto desdén por su adquisición y aplicación. Tanto en las culturas antiguas como en las modernas, a muchas personas se les ha reprochado la posesión o el uso del saber. Los hombres que levantaron la torre de Babel fueron condenados por haber querido realizar una obra singular que llegara al cielo; al mítico Prometeo se lo castigó por haber entregado a los seres humanos el secreto del fuego, que brindaba la capacidad de crear instrumentos y objetos técnicos; Galileo, Giordano Bruno y tantos otros pensadores originales fueron perseguidos por diseminar nuevas ideas o por haber revelado la falsedad de los paradigmas vigentes. El trágico vuelo de êcaro es otro ejemplo de lo que se paga por intentar innovar.

Los tiempos han cambiado y sin duda es de celebrar que ya no se asocie la posibilidad de adquirir o aplicar conocimiento con la hechicería. Por el contrario, se promueve y aplaude, en especial cuando produce cuantiosos resultados económicos. La humanidad ya no rechaza con actitudes irracionales lo que el conocimiento tiene para ofrecer. No obstante, no ha desaparecido en grado pleno la desconfianza, la envidia y la desconsideración hacia las personas generadoras y dueñas de conocimiento, quizá por su capacidad de convertirse en nuevos Prometeos. Ojalá la nueva sociedad del conocimiento sepa valorar más a las personas sabias, a las universidades y a los centros genuinos de creación y cultura por encima de un crudo maquinismo.

Existen actualmente indicios de decadencia de la actividad intelectual en los medios de comunicación. Al revés de lo que ocurre con las distancias espaciales, que desaparecen con las maravillosas técnicas a nuestro alcance, se agrandan en cambio las que existen entre los artífices de la reflexión y del pensamiento y los políticos y gobernantes. Parecería que una superabundancia de información y comunicación en todo el planeta tiene preeminencia sobre los intentos por afirmar un mayor bienestar social y cultural. “Los que mandan”, salvo casos notables en la historia, no se han distinguido por su conocimiento o por la debida apreciación de la inteligencia de sus súbditos o por escuchar, como Alejandro Magno, las palabras de los sabios.

Los progresos de las modernas tecnologías de la información sin duda configuran caminos necesarios aunque no suficientes para la vida y el desarrollo de las sociedades actuales. Como la desintegración del átomo, que ofrece una colosal fuente de energía o espantosas explosiones, también la comunicación masiva de nuestros días nos coloca frente a difíciles alternativas. Siempre es complejo mantener cierto grado de equilibrio, de discernimiento y de reflexión ante lo nuevo. Es de esperar que la tan mentada sociedad del conocimiento permita la transición lo antes posible a una verdadera sociedad de la sabiduría, que muchos anhelamos.

El último libro de Horacio C. Reggini es Sarmiento y las telecomunicaciones. La obsesión del hilo .