El rastreador entre fantasmas

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Por Horacio C. Reggini

Para La Nación

Martes 06 de noviembre de 2001 | Publicado en edición impresa

Las inesperadas imágenes del mundo narrado por Franz Kafka han anticipado y revelado genialmente nuestra circunstancia. Un texto singular de las Cartas a Milena dice así: “¿De dónde habrá surgido la idea de que las personas pueden comunicarse mediante cartas? Uno puede pensar en una persona distante y puede tocar a una persona cercana; todo lo demás queda más allá de las fuerzas humanas. Escribir cartas, sin embargo, significa desnudarse ante los fantasmas, que las esperan con avidez. Los besos por escrito no llegan a su destino, se los beben por el camino los fantasmas. Con este abundante alimento se multiplican en forma desmesurada. La humanidad lo percibe y lucha por evitarlo. Y para eliminar en lo posible lo fantasmal entre las personas y lograr una comunicación natural, para recuperar la paz de las almas, ha inventado el ferrocarril, el automóvil, el aeroplano. Pero ya es tarde: son evidentemente inventos hechos en el momento del desastre. El bando opuesto es tanto más calmo y poderoso; después del correo inventó el telégrafo, el teléfono, la radio. Los fantasmas no se morirán de hambre, y nosotros, en cambio, pereceremos”.

Kafka murió en 1924, antes del advenimiento de la televisión, las computadoras e Internet y, de seguirle el tren, podríamos deducir que ahora, cuando dos mil millones de mensajes electrónicos circulan diariamente por el ciberespacio, sus ávidos fantasmas deben de andar de parabienes y sobrealimentados. Literatura aparte, debemos aceptar que el mundo ha cambiado sustancialmente desde entonces y que se ha vuelto imperativo un uso consciente y valioso de los nuevos medios de comunicación.

Hace ya treinta años, al recordarnos que “todo acto cognoscitivo es un acto lingüístico”, George Steiner advertía sobre la “erosión del atlas lingüístico”, vislumbrable a través de las tecnologías en avance, tanto por su uniformidad como por la creciente velocidad que imprimían a las comunicaciones. Pero dicho peligro de “erosión” se originaba en cambios de tal profundidad que aun las estructuras de la percepción se veían comprometidas y por lo tanto, aclaraba Steiner, los medios electrónicos de comunicación no pasaban de simple síntoma.

En sintonía con lo anterior, de nuestra parte es necesario señalar, primero, que las innovaciones no se desarrollan en un vacío social, independiente de valores y objetivos vigentes, sino que están signadas por costumbres y circunstancias, y, segundo, que se debe diferenciar entre la calidad de muchas aplicaciones de las nuevas tecnologías y la vileza de las de base débil o banales. Nadie ignora la generalizada tendencia a exaltar, sin previa evaluación, los medios modernos y sus presuntos beneficios. Este optimismo pasa por alto que los beneficios de las técnicas nuevas no sólo derivan de sus específicos atributos sino de cómo éstos se entretejen con los deseos de los usuarios. Las innovaciones no se dan en el desierto: se producen en un medio que las impregna con sus sueños. “Estamos hechos de la materia de los sueños”, dijo Shakespeare con certera visión de poeta.

Al esclarecimiento de lo que significa una innovación serviría la respuesta a ciertas preguntas que la encuadren: ¿por qué surgió?, ¿quiénes la impulsan?, ¿qué necesidades cubre?, ¿quién la controla?, ¿con qué fin?, ¿quiénes ganan?, ¿quiénes pierden? Tampoco debiera soslayarse la relación entre la popularidad de las nuevas tecnologías y su contexto más notorio: preponderancia de las empresas transnacionales, liberalización de los mercados, globalización multidimensional, etcétera.

Como ha venido sucediendo, los medios de comunicación evolucionarán sin pausa hacia otros estadios, que depararán nuevos deslumbramientos y oportunidades. Pero más importante que las variaciones técnicas o las vicisitudes del mercado son los concomitantes cambios mentales.

Transformación de la identidad

Hemos entrado sin advertirlo en la tercera fase de la historia del conocimiento, dice Raffaele Simone. En la primera imperó la escritura; la imprenta definió a la segunda. Esta tercera fase correspondería a la de la cultura audiovisual, que, a partir de una manera diferente de aprehender y elaborar conocimientos, entrañará la transformación de identidad y tradición. Lógicamente, esto alterará el equilibrio de la balanza. Simone apunta: “Algunas actividades antiguas y otras consideradas valiosas hasta ahora se están perdiendo. Pero, si bien se mira, hay cantidad de cosas nuevas que antes no eran imaginadas y que se han vuelto de improviso fáciles y naturales. […] Será necesario comprender si, llegado el momento, el saldo refleja una ganancia o una pérdida”. Muchos apostamos por el resultado positivo y asumimos la lucha que implica el uso genuino de los nuevos medios.

En Pasión intacta , Steiner deja filtrar una luz de esperanza en el amargor de un comentario sobre el futuro de la lectura: “La cultura de masa, la economía del espacio y del tiempo, la erosión de la privacidad, la supresión sistemática del silencio en las culturas tecnológicas del consumo, el abandono de la memoria en el aprendizaje, acarrean el eclipse del acto de la lectura. […] El lamento será fatuo. […] Paradójicamente, los nuevos medios de la comunicación instantánea y abierta de la “interfaz” entre texto y recipiente pueden resultar más resistentes frente al despotismo, el oscurantismo y la inhumanidad”.

Desde otro mirador, el pensador de la complejidad, Edgar Morin, denuncia el todavía resistente reduccionismo racionalista y su parcelación de la realidad. Nada es simple -nos advierte-, todo es complejo e irreductible. Viejas fórmulas triunfalistas, como “el futuro nos pertenece”, se han desmoronado con estrépito, y formas embrionarias de pensamiento que incluyen lo desconocido y aleatorio bregan por un nuevo comienzo: “Debemos trabajar con el desorden y la incertidumbre […], lo cual no significa dejarse sumergir por ellos; implica, en fin, poner a prueba un pensamiento enérgico que los mire de frente”.

En nuestro agitado presente, sería bueno reconocer que la crisis es también fuente de novedad y creación, que en la declinación de viejas ideas se abonan almácigos de insospechada riqueza. Domingo Faustino Sarmiento lidió por la comunicación entre los individuos y los pueblos y así “conquistar la soledad, la ignorancia y el desorden”, desiderátum que sigue en pie. Sin duda, a Sarmiento lo fascinarían los extraordinarios poderes de las comunicaciones modernas y trabajaría con su característica pasión en darles el mejor de los usos posibles; se jugaría por la concentración responsable y el uso reflexivo de los contenidos y mensajes en las nuevas redes, sin arredrarse por la infinitud del horizonte. ƒl reinsertaría, dentro del afán de la información y el trajín de la comunicación, las virtudes del rastreador de su Facundo : “En llanuras tan dilatadas, en donde las sendas y caminos se cruzan en todas direcciones, y los campos en que pacen o transitan las bestias son abiertos, es preciso saber seguir las huellas de un animal, y distinguirlas de entre mil; conocer si va despacio o ligero, suelto o tirado, cargado o de vacío”.

Horacio C. Reggini es ingeniero, autor de los libros Los caminos de la palabra Sarmiento y las telecomunicaciones .