Wi-Fi a la Marconi

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Por Horacio C. Reggini

Para La Nación

Miércoles 09 de junio de 2010 | Publicado en edición impresa

Desde hace medio siglo, las tecnologías de la comunicación han adquirido un impulso notable. Pero la ansiedad por comunicarse ha estado presente siempre y todos los pueblos, desde la Antigüedad, han buscado dar a conocer su pensamiento recurriendo a señales: ópticas, acústicas e incluso animales (la conocida agencia Reuters comenzó su importante trayectoria con el empleo de palomas mensajeras).El Museo Etnográfico del barrio porteño de Montserrat alberga dos “tambores de hendidura”. Este tipo de tambor horizontal se construía ahuecando el tronco de un árbol. Varias tribus indígenas recurrieron al retumbo de los tambores de hendidura para poder comunicarse a través de la selva. 

Herodoto y Polibio nos hablan de mensajes producidos por grandes hogueras encendidas entre montañas. En la Ilíada , de Homero, se cuenta que Agamenón montó un sistema entre Troya y Argos basado en señales de humo. Este medio también fue utilizado en América del Norte y en la Patagonia.

A comienzos del siglo XIX, soldados, arrieros y carreteros de la pampa utilizaban señales visuales para conectarse. Durante el cruce de los Andes, Gregorio Las Heras disponía de un código de banderas para estar en contacto con el general José de San Martín.

Durante la Revolución Francesa se utilizó, con éxito, un mástil con un brazo transversal acoplado en su tope junto a otros dos pequeños para configurar diversos códigos.

En el siglo XIX, las múltiples aplicaciones de la electricidad cambiaron todo. El telégrafo de Morse derribó las barreras de espacio y tiempo, dando comienzo a una nueva era. El pensamiento humano, viajando en aras de la electricidad, ha desembocado en los ubicuos sistemas de comunicación que, combinando texto, audio, imagen y video, se están mimetizando cada vez más con el entorno cotidiano.

Muchos percibimos la importancia y el papel transformador de la comunicación en la sociedad, pero también sentimos inquietud por las modalidades de su aplicación. Esa dicotomía -entusiasmo inmenso mezclado con preocupación por la frecuencia de criterios confusos de implementación- plantea una necesaria meditación acerca de la repercusión de las comunicaciones.

Cuando se recurría a los tambores para poder transmitir mensajes, se oía, pero no se veía, y donde se utilizaban las señales de humo se veía, pero no se oía. Ahora, en el asfalto de la era de supermedios en que vivimos -con múltiples canales de televisión y redes sociales en Internet-, se oye y se ve, pero, lamentablemente, se reflexiona poco.

La idea de un progreso sin reflexión es, cuando menos, peligrosa. “Nos damos mucha prisa para construir un telégrafo entre Maine y Texas, pero Maine y Texas tal vez no tienen nada importante que decirse”, expresaba Henry David Thoreau en 1846. Su posición fue demasiado extrema, pero con su pregunta hacía hincapié en el efecto psicológico y social del telégrafo y, en particular, en la posibilidad de transformar el carácter local y personal de la información en global e impersonal. El telégrafo posibilitó un mundo de información descontextualizada, donde las diferencias entre Maine y Texas se volvieron cada vez más irrelevantes. Y también llevó a un segundo plano la historia, amplificando el instantáneo y simultáneo presente.

Para Domingo F. Sarmiento, los hilos del alambrado eran, en cierta forma, equivalentes a los hilos del telégrafo, ya que establecían una diferencia entre “los que están afuera” y “los que están adentro”. La brecha, decía, era legal -la propiedad-, cultural -los conocimientos- y también tecnológica -la comunicación-. Gracias a ambos “hilos” se alcanzaría una civilización justa y se derrotaría a la ignorancia y la barbarie.

El telégrafo de Morse fue el precursor de la actual red de comunicaciones. Con la extensión de la malla telegráfica por medio de cables submarinos que conectaban a todos los continentes, cualquier habitante del planeta que contara con un telégrafo podía comunicarse con una porción del globo donde hubiera otro unido al primero por un hilo eléctrico. Pero adonde no llegaba el hilo, tampoco llegaba la palabra.

Esto se modificó al principio del siglo XX, cuando comenzaron a desarrollarse los sistemas de comunicación por radio. Guillermo Marconi fue el gran impulsor de la idea de utilizar las ondas electromagnéticas para transmitir mensajes, y convirtió sus experiencias de radiotelegrafía sin hilos en un negocio de alcance mundial. En 1890, fundó la compañía que proveyó por primera vez de sistemas de comunicación para los barcos en alta mar.

Cuando los 706 sobrevivientes del Titanic arribaron a Nueva York después del naufragio, en abril de 1912, Marconi se encontraba en el muelle y fue saludado por ellos con la frase Ti dobbiamo la vita (“Te debemos la vida”), ya que gracias al servicio de radiotelegrafía que él había desarrollado recibieron ayuda.

El hundimiento del Titanic constituye uno de los más espectaculares y emblemáticos desastres tecnológicos de la historia. Cuando el transatlántico chocó, junto con sus toneladas de hierro y de lujo, se fueron al fondo del mar la arrogancia y la desmesura de la época. Pero en materia de telecomunicaciones, el Titanic representó un triunfo: los pulsos de Morse no necesitaron hilos para enviar el pedido de ayuda. La transmisión se hizo por el éter, a la manera de la moderna telefonía celular móvil.

En 1898, Tebaldo J. Ricaldoni, físico e ingeniero italiano, construyó una estación radioeléctrica para la Marina Argentina en Dársena Norte, y en 1900 llevó a cabo diversas comunicaciones, mediante radio, entre barcos.

Los trabajos de Ricaldoni contribuyeron a la fama popular de Marconi. Se cuenta que en el teatro Maipo de la época, un cómico decía que en un restaurante vecino se podían comer exquisitas “chauchas a la Marconi”, refiriéndose a las chauchas allí preparadas “sin hilos”.

De allí se me ocurre decir que al servicio actual de Internet inalámbrico conocido como Wi-Fi (sigla inventada como una marca) podríamos denominarlo Internet a la Marconi.

Según la mitología griega, el éter era una divinidad alegórica que personificaba la región superior del aire y las profundidades del cielo. Para otros representó “el alma del mundo”. Los físicos del siglo XIX lo consideraban una sustancia material invisible que existía en todos los espacios aparentemente vacíos. El horror a la nada era razón suficiente para imaginar un éter que llenara todo el espacio, más allá de cualquier objeción.

Cada vez son más numerosas las aplicaciones de las telecomunicaciones inalámbricas. Podríamos aventurar una coincidencia metafórica con los pensadores del pasado expresando que hoy el éter es el “alma del mundo”.

En el escenario actual, el papel de las comunicaciones por el éter influye en casi todo: trabajo, educación, cultura, finanzas, política, salud, entretenimientos. Tal es el predominio creciente de los teléfonos sin hilos que sobrepasan a los fijos, alimentados por “hilos”.

Es interesante notar lo que el diccionario de la Real Academia Española dice del nomadismo: “estado social de las épocas primitivas o de los pueblos poco civilizados, consistente en cambiar de lugar con frecuencia”. Y para “nómade” expresa: “aplícase a la familia o pueblo que anda vagando sin domicilio fijo”. Parecería asignarle al término una cierta cualidad inferior. La realidad del momento nos muestra a muchos nómades modernos desplazándose alrededor del mundo, siempre en comunicación con sus hogares, oficinas, universidades o amigos, gracias a reducidas computadoras o teléfonos.

El concepto de nómade, que se asociaba con las comunidades incivilizadas, hoy acompaña la evolución de la ciencia y la técnica. Es como si ahora el sedentarismo se estuviera quedando en el tiempo.

© LA NACION

El autor es ingeniero, pionero en la difusión y el desarrollo de la computación en la Argentina.